Con esas migajas, pero muy consciente de mi suerte, he estado yendo tres días por semana a cubrir mis ocho horas de trabajo semanal a la espera de mejores tiempos para el año que viene. No obstante, harta ya de tanto andar de aquí para allá, de ir cambiando de centro a cada curso escolar, me propuse no dejarme implicar ni lo más mínimo en el centro ni con mis compañeros. Lo de implicarme, aunque poco, lo he hecho en algunas ocasiones, sobre todo en aquellos centros en los que me he sentido a gusto y bien recibida pero resulta frustrante puesto que cada septiembre me encuentro con la decepción de no repetir en ellos y tener nuevamente que adaptarme a otro. Estoy harta de andar representando la misma función cada año, de dejar en cada uno de los centros y en cada una de las personas que conozco un poco de mi vida y un trozo de mi piel. Podríamos decir que he pasado, por tanto, sin pena ni gloria por el prestigioso y muy apreciado IES Marius Torres durante el curso en que se ha celebrado el centenario del nacimiento del poeta que lleva su nombre. He sido esa chica morena de Fraga con los que la mayoría no han hablado y de la que se desconoce qué asignatura imparte ni cuál es su nombre.
Dos días después de haber acabado el curso, durante unas jornadas de formación que han tenido lugar en el instituto para aquellas persona que van a formar parte del claustro de profesores del curso que viene y a las que he querido asistir a pesar de saber a ciencia cierta que yo no formaré parte de ellos, un compañero de departamento (un señor mayor ya, muy “quemado” de su profesión) me felicitaba por mi carácter discreto y mi serenidad: “¿tú te tomas así también ( tan bien) la profesión de enseñar?” Y a modo de consejo, que yo siempre recibo amablemente pero que afortunadamente ya me dieron otros durante el primer año como profesora en el sector público, me dice que no vale la pena sofocarse por nada ya que muchas veces es eso precisamente lo que persiguen los alumnos, verte desencajado y fuera de tus cabales. Pues ese mismo señor acto seguido me pregunta: “¿Tú que haces, catalán, no?” y “¿cómo te llamas? Pues no, no doy catalán, sino inglés, como tú (es que a mí esto de tratar de usted a un compañero, aunque sea mayor, me resulta muy raro) y me llamo Mercè. Pensé que era penoso que un compañero de departamento no se acordara de mi nombre después de haber pasado en el mismo centro diez meses de nuestra existencia aunque por otra parte me confirmaba el cumplimiento de ese objetivo con el que empecé el curso.
Por cierto este curso de formación al que he asistido no ha hecho más que confirmarme lo poco que contamos los profesores “itinerantes” para el claustro de un centro. El tema del curso era el nuevo proyecto educativo que a nivel nacional ha sido bautizado como “escuela
Sea como fuere, y a pesar de quedarme sin netbook y probablemente sin la ocasión de participar en este proyecto el curso que viene, me gusta aprender y a poder ser no quedarme atrás en lo que se va imponiendo de cada vez más en la sociedad y por supuesto en la educación. Es por esto que este año, y sin que nadie lo sepa excepto yo misma y mis alumnos, he estado aplicando la nuevas herramientos web
