miércoles, 23 de junio de 2010
La casa de Almatret
Como niña, recuerdo Almatret como mi paraíso de libertad. Libertad en todos los sentidos ya que no sólo pasaba allí los dos meses de vacaciones escolares bajo la tutela de mis abuelos, liberada de los más estrictos mandatos de mis padres, sino también porque la vida en un pueblo en el que a penas había tráfico nos permitía andar todo el día con las bicicletas y acercarnos a las balsas y masías que bordeaban el pueblo con total despreocupación tanto de grandes como de pequeños.
La casa de mis abuelos en la plaza mayor del pueblo era y sigue siendo una casa con encanto. Durante muchas generaciones fue una tienda en la que se vendía de todo un poco. Testigo de esta actividad comercial son los mostradores y las estanterías que cubren las paredes de la entrada a la casa que aún hoy perduran. Multitud de cachivaches varios (pesas para balanzas, botellas de vidrio y de medición para la venta de líquidos y en general todo aquello de lo que tanto mi bisabuelo como mi abuela hicieron uso, fueron retirados poco a poco después de la muerte de mi abuela. No obstante, estoy segura que si abriese alguno de los pequeños cajones que en su tiempo estuvieron destinados a albergar alfileres, hilos, velas, botones, etc… todavía hoy encontraría algo que no dejaría de sorprenderme. En casa de mis abuelos, todo cabía y de todo había. Curiosamente hoy en día mis hijas, que no se han criado en Almatret y que de la casa conocen sólo ese encanto de lo antiguo y decadente pero ya sin vida propia, insisten en ir allí y deambular por sus laberínticas habitaciones, abrir armarios y encontrar los más curiosos objetos que formaron parte de la vida cotidiana de mis abuelos en una época en que la casa estaba llena de vida. Para ellas eso sería una aventura similar a explorar una isla desierta que promete el hallazgo de un gran tesoro a quien se atreva a rastrearla. A los adultos, sin embargo, nos invade una especie de pereza que más bien se asemeja a un sentimiento de derrota al ver el estado ruinoso de esa casa a la que nosotros sí nos sentimos afectivamente vinculados.
Nadie se preocupó de ir manteniendo la casa en buen estado. Mi abuela la heredó como heredó la profesión de su padre y unas mínimas reformas permitieron que la vida pudiera continuar en ella en condiciones decentes. Después de la muerte de mi abuelo en el año 1997, y del subsiguiente abandono de la casa por parte de mi abuela para venirse a vivir a Fraga con mis padres, marcó el inicio del deterioro y la decadencia total.
Durante un tiempo se contempló la posibilidad de demolerla y construir una nueva casa, más sencilla, pero la verdad es que nadie de nosotros se ha atrevido a gastar el dinero que supondría levantarla de nuevo sobre todo cuando ya nadie de nosotros tiene tirada de ir a Almatret. Quizás eso de que no tenemos tirada haya sido debido a que la casa dejó de estar en condiciones hace muchos años porque lo cierto es que Almatret es un lugar ideal para veranear: a tan solo treinta y cinco Kms. de Fraga encontramos buen paisaje y buena temperatura. ¿no es eso lo que buscamos la mayoría de las veces cuando vamos de vacaciones?
A veces uno tiene la voluntad y el deseo de volver al lugar en el que fue feliz pero se encuentra con el obstáculo de que la persona con la que se comparte la vida no guarda ningún vínculo afectivo con dicho lugar. De todas formas, yo no descarto volver algún día allí porque soy incapaz de imaginar mi vida totalmente desvinculada de Almatret. La vida da muchas vueltas y quién sabe si algún día esa casa vuelva a recuperar su esplendor y, aunque sea dos generaciones más tarde, “Casa Ramundeto” pueda volver a abrir sus puertas.
jueves, 6 de mayo de 2010
Estereotipos

Siempre me ha llamado poderosamente la atención esa curiosa tendencia del ser humano a reducir la diversidad a unos pocos sustantivos o adjetivos como queriendo compartimentar, y supongo que así entender mejor, la compleja realidad en la que nos movemos. Usar estereotipos es tan peligroso como simplista. Los estereotipos surgen generalmente del desconocimiento y de erróneas deducciones tomadas después de unas primeras impresiones. Por lo general los estereotipos se nutren de prejuicios que a menudo dañan la imagen de las personas etiquetadas y predisponen a quienes creen en estas burdas y simples clasificaciones a no aceptar ni comprender otras maneras de hacer.
Todos sabemos que España no es sólo un país de toros, flamenco y sol, sobre todo aquellos que estamos bastante alejados del sur; sabemos que España es suficientemente grande como para encontrar multitud de tradiciones, costumbres y fiestas por las que podría ser igualmente conocida pero que por los motivos que sean (y quizás uno de ellos es que desde el propio país se haya estado fomentando esa imagen que queremos que se tenga de nosotros en el extranjero) se fija en la retina y la “cultureta” popular de los otros esa imagen estereotipada. Y aún sabedores de todo esto, obramos de igual manera cuando pensamos en gentes de otros países y otras culturas.
Este mapa que os dejo aquí me ha parecido interesante por cuanto refleja y deja constancia de lo que los Americanos piensan de los diferentes países europeos. No sorprende ver el toro en nuestro país aunque sí que el sol tenga en nuestras mujeres ese efecto de ponernos a todas ardorosas y sensuales (hot chicks = tías buenas y calientes).
Aunque equivocada, cuando menos tienen alguna idea de nuestro país. Peor parte se llevan los portugueses o los países más alejados del este de Europa. Por no hablar de Hungría (en inglés pronunciado igual que el adjetivo hambriento = hungry) que por el juego de palabras bien podría tratarse de un extracto de una obra de Shakespeare.
Mi reflexión, sin embargo, va más allá e intento pensar en cómo sería el mapa de Europa hecho por un español y sobre todo, cómo quedaría de estereotipado un mapa de EE.UU. hecho desde la mirada de los europeos.
Se admiten propuestas en los comentarios...
jueves, 15 de mayo de 2008
Adeu, Emelia
Si algo he aprendido de esta dolorosa experiencia es que no hay mejor muestra de amor que cuidar a un familiar y acompañarlo en su lecho de muerte aunque eso suponga una inconmensurable tristeza. Me alegra pensar que estuvo en todo momento acompañada de sus seres queridos y que ella estuvo consciente de ello hasta su última exhalación.
Ayer tarde Emelia volvió a su pueblo natal, Almatret, custodiada y acompañada por los mismos que habíamos rodeado su cama tan sólo un día antes. La tristeza de un día nublado acabó derramándose en forma de lluvia cual lágrimas contenidas durante toda la tarde. Una lluvia que sintonizaba con nuestro estado de ánimo.
Descanse en paz.
miércoles, 13 de junio de 2007
Esto se acaba
Este es sólo un verso de una canción de Luis Eduardo Aute y que en estos días últimos de clase en el instituto me vienen constantemente a la cabeza cuando escucho los comentarios de los compañeros como una retahíla; como quien pretende animarse a sí mismo y animar a los demás con la frase: ... esto se acaba...
Y es verdad que se acaba. Acaba un año de trabajo que yo sin saber cuando lo elegí a finales de agosto, pronto se reveló como una condena; se acaba un año de constantes decepciones por parte de unos compañeros de trabajo que de lo único que pueden presumir, como “educadores”, es de una mala educación suprema; se acaba un año de constantes vejaciones al ser ignorada sistemáticamente por los que se “creen” tus superiores (cuánta falta de modestia, que en definitiva está incluida en esa mala educación ya mencionada, he percibido y respirado en este instituto hasta casi ahogarme); se acaba un año en el que la poca autoridad que nos queda a los profesores paradójicamente nos ha sido arrebatada por los que supuestamente deberían hacerla prevalecer (la directiva) pero no a costa de desacreditarnos delante de los alumnos. Es muy fácil y también mezquino ganar autoridad ante los alumnos quitándosela al profesor.
Ante este panorama desolador y demoledor de cualquier pequeño resquicio de vocación que aún pudiera quedar, no es de extrañar que ya durante los primeros días de septiembre estuviera ya deseando estar en el día de San Juan. Afortunadamente, como dice la letra de otra canción “todo llega y todo pasa y lo nuestro es pasar” y esto es lo que yo literalmente he hecho este año: ir tirando y sobre todo “pasar” de todo.
Este año ha sido decisivo en mi vida como profesional de la enseñanza. He resuelto dejar la profesión en cuanto encuentre otro trabajo. Sé que es difícil pero tengo la suficiente dignidad todavía para saber que no quiero esto para el resto de mi vida. Es lamentable que una profesión tan loable como la de enseñar esté tan desprestigiada; que el proceso de aprendizaje esté tan menospreciado en esta sociedad que parece caminar de la mano de la ignorancia, de la falta de esfuerzo y de la estupidez. ¿Qué hubiera sido de mí sin mi educación? (las dos: la que me inculcaron mis padres y la que me impartieron mis profesores). Los de mi generación somos animales en extinción; los últimos ejemplares de una especie que supimos valorar la oportunidad única de cultivarnos como no pudieron hacerlo nuestros padres.
Escribo con el dolor de saber que dejo (o mejor dicho dejaré) una profesión que en otros tiempos hubiera sido la más gratificante pero que se hace insoportable en estos tiempos de sobreprotección a nuestros niños y adolescentes, corrompiéndolos a base de cosas materiales que compensen nuestra falta de dedicación, pero también con la alegría de saberme en la recta final de esta larga y dura condena y poder cantar victoria al haber sobrevivido a esta ruina.