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sábado, 26 de mayo de 2007

Mercadillo Solidario

Esta tarde de sábado arranca el X Mercadillo Solidario del CEIP Miguel Servet de Fraga. Este galardonado proyecto que nos hermana con la Fundación La Verde Sonrisa de Managua (Nicaragua) llega a su décimo año de vida con un formato renovado. Este año, en lugar de ser el domingo por la mañana del domingo, tendrá lugar el sábado por la tarde-noche. Tenderetes en los que se venderán las manualidades hechas por el alumnado del centro, repostería variada hecha por las madres y ¿padres? de los alumnos, puestos de comercio justo en los que se podrán adquirir productos de esa zona, libros infantiles editados por Oxfam, y demás iniciativas que tienen como objetivo recaudar fondos para ser enviados a la mencionada fundación para la mejora de los recursos en la educación de los niños Nicaragüenses.

Es este un proyecto consolidado en el que los niños participan con una ilusión sólo propia de ellos y que inevitablemente contagian a los adultos convirtiendo esta fiesta en un evento fresco, dinámico pero por encima de todo solidario. Esta tarde, pues, disfrutaremos un año más junto a nuestros hijos, colaboraremos comprando plantas y “artesanía” variada y, con nuestra asistencia, apoyaremos esta iniciativa para que dure muchos…, muchos… años.

viernes, 25 de mayo de 2007

Donar sangre es un acto de ...


Esta bonita frase, igual que el acto a que hace referencia, podría acabarse con sustantivos tan bien sonantes como: altruismo, responsabilidad, solidaridad... Estos en realidad fueron los motivos que me llevaron hace quince años a convertirme en donante. A través de los análisis que hacen de tu sangre para etiquetarla y almacenarla en el banco descubrí que el grupo sanguíneo al que pertenecía era 0 ( universal) y mi Rh negativo, un grupo al parecer escaso (en comparación con el resto de grupos posibles) y exclusivo ya que las personas que tienen este tipo de sangre sólo pueden recibir sangre de ese mismo grupo. Como contrapunto, el grupo 0 Rh- puede ser trasfundida al resto de grupos sanguíneos, lo que convierte a estas personas en “donantes universales”.

Comprender este hecho fue un aliciente más, sobre todo cuando, una vez inmersa en este mundillo, reparas más en las ocasionales alertas que en radio se han producido en momentos de catástrofe solicitando donantes del grupo 0Rh-.

Fui donante asidua durante varios años. Y digo fui porque en la que fue la penúltima donación me sobrevino un mareo, una vez incorporada, que hizo que perdiera el sentido momentaneamente. Afortunadamente, las enfermeras se percataron de este hecho y no sé cómo ni de qué manera, volví en sí para descubrirme echada en una camilla, con los pies en alto y los pantalones desabrochados. Fue un momento no sólo embarazoso, ya que todos parecían mirarme, sino también doloroso. La vuelta a la consciencia fue muy dolorosa: notar cómo la presión de tu sangre vuelve a tus ojos y a tu cabeza haciendo que esta última parezca que va a estallar es una sensación muy desagradable.

Aun así, pensé que esa reacción debió haber sido algo puntual (el cuerpo no siempre está en las mismas condiciones) y al año siguiente volví a cumplir con ese deber adquirido voluntariamente. Aunque no tanto como en la anterior ocasión sufrí mareos que me obligaron a sentarme en la acera de la calle antes de coger mi ciclomotor de regreso a casa. Así fue como, sin darme cuenta, dejé de acudir a mi cita anual. Veía los carteles que anunciaban la llegada del banco de sangre a la ciudad en su campaña de extracción pero era incapaz de acercarme hasta el centro de salud temiendo los posibles mareos.

Sólo un acto fortuito y espontáneo ha podido cambiar esta trayectoria. El pasado miércoles, al acercarme hasta el centro de salud a recoger unas recetas, descubrimos mi hija pequeña (Elena) y yo los preparativos para una larga tarde de extracciones: camillas por todas partes y enfermeras afanadas en poner a mano todo el material necesario para la conservación de las bolsas y para el desecho de instrumental.

Elena, en su ingenuidad de niña de casi cinco años puso el punto cómico a la tarde preguntándome para qué ponían esas cosas allí (se refería a las camillas). Al contestarle que eran para que la gente se tumbara a fin de sacarles sangre, respondió: “¡Ah!, pensaba que eran para tomar el sol”. Para entonces yo ya tenía claro (más o menos) de que debía volver a intentar dar sangre aunque no puedo negar que temía lo que en realidad acabó pasando. La ventaja de haber pasado por los mareos es que ya los ves venir y por tanto, avisando en el momento justo a la enfermera encargada de tu extracción, los puedes prevenir. Inmediatamente me levantaron los pies, me bajaron la cabeza y acabé la extracción con normalidad. Me tomé el zumo que te ofrecen para recuperar líquidos y después de recoger la pasta ( que no comí para guardarla para Elena) y detalle con el que te obsequian (una pequeña maceta con semillas de oregano para ser plantadas) nos dispusimos a llevarlo al coche. Hasta allí todo bien. “¡Prueba superada!”, pensé. Pero cuál fue mi sorpresa que al momento y conforme iba andando tranquilamente, me sobrevino un cansancio repentino acompañado de unas ganas urgentes de ir al baño. Notaba un sudor frío en mi frente y mi vista empezaba a bailar. Ante la ausencia de bancos en esa calle y el miedo a caer desplomada, decidí sentarme en la entrada de una casa. Pasados dos minutos ya me encontraba mejor, con lo cual ya pude coger el coche y marchar a casa.

Quiero pensar que estos nuevos mareos no provocarán en mí nuevos temores que me tengan alejada de este generoso acto otros tantos años. En todo caso yo debería, a partir de ahora, acabar la frase “donar sangre es un acto de ... valentía “.

P.D. Si alguien desea más información sobre donaciones pásese por aquí